Arrimados a la muerte de bota negra y fina, que aún seguía puliendo en el rescoldo su daga de diamante.

El corazón latía como una punta de cuchillo que apunta a una desgracia crónica.

En un estado de locura casi irreversible burlaron la habilidad de aquella acción insalubre.

C

A

E

N

Sabiendo el precio de su insolencia.

No les importó sacrificarse por defenderlo de ella y de su rostro blanquecino.

Fue un momento insólito, perseverante. Sus ojos se detuvieron a través de esa mirada de miedo.

Después de todo llegó su tiempo, desesperado y con locura; no sabía qué hacer.

Atinó a suspirar y dejar que suceda.

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She

Cambio mi vida.
No creía en los ángeles.

 

Era una mañana de junio.
Al igual que todos los días, me levantaba y vestía para ir a dar mis clases a una escuela. Soy profesora en una de las mejores escuelas de aquí. Llegar y ver a todos mis alumnos jugando y gritando era algo que debía soportar. Es una sensación diferente a lo que solemos estar acostumbrados.
Era mi casa. Ellos mi familia.
Cuando era niña siempre soñaba con este trabajo. Quería que alguien aprendiera de mi al igual que yo aprendí de él.
Él.
Me gusta recordarlo con una sonrisa.
Solo somos mi madre, mi hermana y yo.
Él sólo se fue. De un día a otro ya no estaba.
Aún no logro entender cómo se nos va todo de las manos tan rápido.
Fue muy triste.
Nos hacíamos llamar “los 3 mosqueteros”…

 

Los lunes siempre son días agitados. En esta clase se notan los pequeños grupos, típicamente, separados. Observándolos bien vi que en el fondo había una de mis alumnas sentada sola. Noté su ambiente diferente. Tenía algo que ninguna otra tenia. No era tímida, simplemente disfrutaba estar sola.
Me acerqué a ella para conocerla mejor.
Los días siguientes continuamos hablando muy amigablemente.
Conocí sus problemas y sus virtudes. Podría decir que es una persona muy fuerte que lo único que quería era alguien con quien charlar.
Un día se me acercó. Quizo preguntarme algo pero no se animó.

-¡Dime! Dije, observándola fijamente.
-¿Estás bien?

Sin saber porque lo preguntaba me quedé callada. Fruncí el seño.

-Algo sucede contigo.
-¿Qué? Dije rápidamente.
-¿A qué le temes?

Atinó a seguir preguntando, pero vio mi rostro de preocupación, entonces calló.
Fue un silencio muy largo.

-¿Lo sabes? Indagué.

Luego de unos minutos, dijo:

-Claro.
-¿Qué? Dije, mirándola detenidamente.
-Él habla sobre ti a todos.

Mis manos comenzaban a temblar.

-¿Por qué me dices esto?
-Está entre nosotros, siempre lo estuvo.

Recuerdo que en ese momento me enoje.
No sabía qué hacer, ni que pensar y así reaccione. Me levanté y me fui caminando.

-No me crees, ¿cierto?” oí a lo lejos. Pero seguí caminando.

A la mañana siguiente salí temprano. Lo único que pensaba era en el camino que recorría. Llegue a un lago, donde había muchos árboles.
Me senté a la orilla. Removí la tierra con mi mano.
Oí pasos, pero no me voltee a mirar. Se acercó a mí.
Era ella.

-¿Qué haces aquí? Dije con tono odioso.
-Mi intención no era asustarte.
-Pero… ¿Cómo me encontraste aquí? ¿Qué quieres?

Antes de que me responda, interrumpí:

-¿Quién eres? ¿Por qué dices estas cosas?
-Te preocupa, ¿no? Dijo.
-Se supone que eres una alumna de mi clase, pero resulta que sabes todo sobre mi. ¿Por qué? ¿Qué haces aquí?

Todo fue silencio.

-Recuerdas… Dijo. Recuerdas cuando eras niña y él siempre te decía “No permitas que alguien te diga que no puedes hacer algo”, cuando estabas triste y siempre entraba a tu habitación para cantarte… Todo eso, lo sé. Pude verlo. Yo… (Suspiró) no soy alguien.

Mis lágrimas comenzaron a caer. Parecía lluvia en un desierto. No dije nada. Mire fijamente y en el lago pude ver el rostro de mi padre. Me voltee para mirar pero no había nadie. Una brisa de viento roso mi mejilla. Ella me observó. Cerré los ojos, ya no me sentía sola. Cuando los abrí no había nadie. Ella ya no estaba. Pensé que quizá fue producto de mi imaginación, fue un sueño. Solo se fue, como él.
Ahora sé que desde allá me mira.
Nunca imagine lo que pasaría.

Cambio mi vida.
No creía en los ángeles.

Pasajeros del Mundo Perfecto

Ya desde muy temprano había preparado mis valijas. Odio armar la valija. Ropa, cremas, accesorios y demás era todo lo que llevaría.
Iba a volver, de todos modos.
Hace frio aquí en la ciudad. La vida es fría y te empuja a no seguir.
Igual basta de pensamientos drámaticos y obsoletos.
Tomo mi saco, la taza térmica con el café de todos las mañanas y me fui.

-Su boleto, señorita James.

Miré al taquillero unos minutos, pensando si lo que hacía estaba bien o no. Mi vida dependería de ello. De todas las cosas más locas que habré hecho en mi vida, esta era la peor.
¿Ya le dije que le temo a los aviones? Pensé.
El avión me esperaba. “Asiento 17, sección A”.
Siempre le tuve miedo a volar, pero tampoco estaba dispuesta a quedarme. Sería para mí, un reto. Un reto que debía superar.
Me corrí de la fila rápidamente, dejando pasar al siguiente. Llevé mis valijas hasta las butacas del aeropuerto y me esperé. Unos minutos más y partía.
A mi derecha, una señora y una niña. A mi izquierda, una pareja. Pude notar la igualdad entre ambos: una madre, cuidando a su hija, y un hombre, cuidando a su amada. Ví por un momento mi vida entera. Recordé el primer viaje que tuve con mi madre y la última vez que me había enamorado. Observé a la pareja por unos segundos. Noté la mirada de Ella hacia Él. Mirada de amor y pasión. O la de Él a Ella, de respeto y compromiso.
¿Algún día estaré en ese estado de amor fraterno?
Por el momento tengo un gato, estoy bien.

 

“Pasajeros del vuelo A, regístrense, por favor.” Se oyó por un parlante. El sujeto que hablaba, se lo escuchaba muy decidido. Creo, que volar, ya es una costumbre para ellos.
Está claro que no era la mía.
Me levanté de mi asiento, tomé el boleto y las valijas, y me dirigí a la sección C.

-Su boleto, Señorita. (Dijo el guardia)
-Aquí tiene.
-¡Que tenga un buen viaje, Señorita James! (Sonrió)

Era hora de irme.
Me voltee a observar todo lo que dejaba atrás, pero seguí, en busca de un futuro mejor. De lo que nuestros padres alguna vez nos señalaron como “un futuro lleno de posibilidades”.
Subí, lentamente, escalón por escalón al avión. Me recibió una azafata, indicándome mi asiento. Acomodé el bolso y me ubiqué en mi lugar respectivo.
Al cabo de unos minutos, escuché el motor, y me abroché el cinturón. En el momento de arrancar, un jóven, se sienta a mi lado. Lo observé, disimuladamente.
Castaño, alto y delgado. ¿Ojos claros? Eso parece.
Pase un rato creyendo que era una persona muy reservada, ya que no emitía, ni siquiera, algún sonido. Pero al cabo de unos minutos, se volteó.

-¡Hola! (Dijo)
-¡Hola! (Sonreí)
-¿Cómo te llamas?

Por un momento pensé el porqué de sus preguntas. No sabía si era correcto hablarle sobre mi, mis intereses y ese tipo de cosas. No sabía con quién estaba hablando.

-No temas, no planeo secuestrarte. (Rió)

Sonreí. Desde ese instante, lo creí una persona agradable.

-Elizabeth. Elizabeth James.
-Elizabeth James. (Repitió) -¿Francesa?
-Inglesa.
-¿Algo de la reina…?
-Está claro que no. (Reímos) ¿Tú? (Indagué)
-¡Inglés!
-No… (Sonreí) ¡Tu nombre!
-(Riendo) Christopher Benett.
-¿Christopher? (Susurré)
-Con dos H y dos R. ¿Es tu primer vuelo?
-¿Se nota?
-No tanto… Te acostumbrarás.
-¿Vuelas seguido?
-No, pero ya he estado por aquí. El café siempre es el mismo, la comida es de veganos, y la gente siempre tiene la misma cara. (Sonrió)

Admiré su sonrisa. Él tiene una sola clase de sonrisa, y una, que son seiscientas, o todas, y son todas y esa, tan bella. Su sonrisa me invita a reír y a hacerle coro riendo con ella. Tiene una hermosa expresión, acompañada de una suave voz que dan resultado a una persona que quiero admirar.

-¿Vas de visita? (Preguntó)
-No. Solo quiero cambiar de aires. Cambiar de gente, ya sabes.
-¿Por qué?
-No lo sé, quizá solo estoy cansada de las mismas rutinas, los mismos hábitos… Hábitos horribles.
-Chica buena, hábito horrible. ¿Soñadora?
-¿Qué?
-Digo, eres soñadora.
-¿A qué te refieres?
-Confías en ti misma, buscas lo mejor para los demás y para ti. Vives en tu mundo perfecto, porque el mundo real, apesta.
-No existe un mundo perfecto.
-Tú eres tu mundo perfecto.

Lo observé detenidamente. Pude ver más allá de lo que me permiten los ojos. Era una persona diferente. Tenía una idea del mundo, diferente a los demás. Era interesante y discreto. Era perfecto, para mí, lo era.

-¿Cómo decidiste dónde ir? (Dijo)
-Busqué una ciudad atractiva. París es rica en paisajes y en personas.
-Y en el amor.
-También.
-¿Estas enamorada?
-Tuve mis momentos, pero ahora no. No sé lo que siento, no sé si siento…
-Todos sentimos, por más que no te des cuenta. Y… ¿Planeas algo?
-No, los planes arruinan todo. Quiero que la vida me sorprenda.

Luego de dos horas, aún seguíamos charlando mientras todos dormían.

-¿A qué te dedicas?
-Soy escritora. Estuve en el Times… (Destaqué)
-¿Escritora? Wow…
-¿Tú?
-Estoy en una ONG, que ayuda a los animales.
-Qué bien. Transmitírselo a otras personas, sobre su cuidado, es muy bueno. Has de estar con muchos animales…
-Sí, bueno… Convivo con un loro. Lo dejo a tu imaginació. ¿Y qué hay de tu familia?

“Familia” era una palabra muy dura para mí. Bajé la vista.

-¿Todo en órden?
-Hmm… no hablo sobre ello.
-¿Sobre qué?
-Era una tarde de invierno. Había caído una tormenta de nieve. Esa misma noche, había discutido con mis padres porque irían a una fiesta, a la cual yo no quería asistir, entonces me quedé. Mi mamá, mi papá y mi hermano, salieron en el auto. Al cabo de unas horas, tenía a la policía en mi casa diciéndome que habían tenido un accidente…
-Qué terrible… (Quedó boquiabierto) Lo lamento.
-Está bien. Ya han pasado años…

Me quedé sin habla.

-¿Por eso quieres comenzar una nueva vida?
-En parte si… Aunque ya nadie se me acerca. Creo que me tienen lástima. A veces veo a las parejas y llego a odiarlas. Se los ve tan felices.
-Bueno, algún día alguien te amará como lo hacen esas parejas.
-No, no lo harán. Si es lo mismo que allá, entonces aquí será igual.
-No creo que Elizabeth de Inglaterra y escritora del Times se rinda tan rápido.
-(Sonreí) Uno sabe cuándo retirarse.

Llegamos al anochecer. Nos instalamos en el Hotel Beresford, de la calle 32. Casualmente, mi apartamento estaba al lado del de Christopher. Tenerlo de vecino era una noticia muy buena. Tenía al mejor vecino, agradable y apuesto.
Luego de la cena, Él tocó a mi puerta. Me invitó a pasear por el lugar. Me llevó a un puente con vista a la luna. Toda mi vida recordé esa luna, era enorme y muy hermosa.

-Noche hermosa… (Dijo)
-Y la luna… (Mirándolo)
-“Sería más fácil bajarte esta hermosa luna que superar verte triste por cualquier razón. Me gusta verte sonreír y haré lo imposible para lograrlo.” (Citó)
-Parece una pintura.
-Tú y yo, somos la pintura. ¿Sabes que es lo lindo de la vida?
-¿Qué?
-Que personas como tú, hay pocas. Pero he tenido la suerte de encontrarte.
-No te busqué, sabes. (Exclamé)
-Lo sé.Tú tomaste el camino de la derecha. Yo tomé el camino de la izquierda. Pero olvidamos que el mundo es redondo, ¿no?
-¿Y tú salvas animales o eres poeta? (Fruncí el seño)

Se acercó a mí. Me tomó por la cintura. Pude sentir sus manos calientes, tocarme. Levante mi vista hacia sus ojos. El verde de ellos brillaba como nunca. La noche se volvía un sueño. Las estrellas, una cortina de luces. Subió una mano hacia mi mentón, pasando por todo mi cuerpo. Acercó sus labios tibios hacia los míos y comenzó, suavemente, a mordisquear mi labio inferior.

-No es un sueño. No es la realidad. (Señaló) ¿Sabes dónde estamos?
-¿Dónde?
-En tu mundo perfecto

Bailarinas de la Oscuridad

No sabía qué hacer.

Estaba sentada en mi cama. La vi correr y esconderse, que por su rostro era algo que debía hacer. Y lo hacía seguido.
Y siempre la encontraba.
Y siempre la golpeaba.

Sé que le pegan. Lo sé, porque soy yo, y le pegan…

 

Creo ver la lluvia caer. Miro fuera de mi ventana pero allí no llueve.
Algo oía, yo sé que algo oía.
Entonces salí de la habitación y caminé por el pasillo. Pasillo largo y oscuro, en donde los gritos, eran tortura. Me asomé por a puerta que hizo un chillido al moverla. Pequeñas gotas comenzaron a caer sobre mi rostro. Volví hacia mi cuarto, me asomé a la ventana.
No había nada que decir, ni nada que pensar. No entendía porqué fuera de mi ventana no llovía. Me acerqué a ella, giré la manibela, empujé el vidrio… y pasé. Sin mirar atrás, pasé.
Nunca antes lo había hecho.

Siento el piso de concreto, oscuridad… ¿Por qué hay piso de concreto si mi ventana apunta al jardín de la casa?
Era una sala. Había una sala a través de mi ventana.
No me moví.

Un click y luces comenzaron a encenderse solas. Una por una, alumbrando toda la sala. A mis alrededores todo brillaba. Era hermoso, pensé. No tenía miedo.
Un espejo delante de mi. Observo que llevo un vestido corto, rosa, con tul y transparencias.
Lo ignoré. Y aún así no tenía miedo.
Comenzó a sonar la tonada de un violín. Pacífico, soñado.
De pronto apreció una niña. Me sobresalté del susto. Luego apareció otra, y otra, y otra…
Todas se posaron en el centro de la luz. Vestían igual que yo.
Dónde estoy.

Me acerqué lentamente.

-¿Quién eres? (Dije a una de las niñas).
La joven hizo una pausa y luego respondió:

-Dirás, qué somos…

Me quedé mirándola fijamente unos segundos.

-Ya somos historia. Solo bailamos.

-¿Por esto los vestidos…? (Indagué).

No respondió. Volví a observarla detalladamente.

-¿Por qué bailan? (Volví a preguntar)
-Para no llorar.

-¿Qué…? (Fruncí el seño, extrañada)

La niña me miró con los ojos llenos de lágrimas.

-¿Para no llorar?

-Tú sabes. Como tú. (Señaló) Podemos verte correr y esconderte. Sabemos que te lastiman. Todas pasamos por lo mismo.

Luego de oír ello, tuve escalofríos en todo mi cuerpo. No sé quienes eran, pero ellas sabían.
Una lágrima corrió por mi mejilla.

-No llores, baila.

Y todas comenzaron a bailar. Las observe, pero la música me dejó llevar, y bailé.
Me sentía feliz. Me sentía libre. Estaba donde tenía que estar.
Luego de muchos minutos, ellas comenzaron a desaparecer. Una por una, algo igual que las luces comenzaban a apagarse.

-¿Qué sucede? (Pregunté, con preocupación)

-Vete de aquí. (Señaló) Ya llegó. Vete de aquí. (Remarcó)

Corrí antes de que la oscuridad me atrapara. Corrí lejos. Llegué a mi ventana y volví a cruzar a través de ella.
Oí la puerta de la entrada golpearse.
Me detuve. Mi respiración se cortó.
Los pasos del pasillo hacia mi, el olor a alcohol y tabaco…

-¿Mamá? (Dije en voz baja)

En ese momento entró en mi habitación y comenzó a golpearme.

Grité. Grité como nunca antes había gritado.

 

A la mañana siguiente me encontraba sentada en mi cama, con el mentón entre las rodillas, mirando fijamente mi ventana.
Comenzó a sonar la melodía de un violín.
La ignoré.
No sabía qué hacer.

Me levanté, cerré la ventana y volví a la cama.

Y callé. Callé pensando en el precio del dolor.

No supe qué hacer, entonces callé.